Muerte un jueves en la tarde:
El Martirio de José y Hyrum Smith
Junio 27 de 1844
“El Martirio de José Smith en la cárcel de Carthage,” Gary Smith, Museo de Historia y Arte de la Iglesia
En una tarde bochornosa del jueves de 1844, un grupo de hombres armados entraron en la cárcel de Carthage en el Condado de Hancock, Illinois (La frontera occidental de los Estados Unidos en aquella época). En cuestión de segundos de “riñas, gritos y disparos,” mataron al Profeta José Smith y al Patriarca Hyrum Smith, Presidente y Presidente Asociado de la Iglesia (Davis Bitton, The Martyrdom Remembered: A One-Hundred-Fifty-Year Perspective on the Assassination of Joseph Smith [Salt Lake City: Aspen Books, 1994], xvi).
Los Santos de los Últimos Días estaban aturdidos y sorprendidos por los eventos ocurridos el 27 de junio de 1844. Aunque los enemigos de José e Hyrum se sentían justificados por este acto extralegal, otros no pertenecientes a los mormones estaban horrorizados por estos asesinos a sangre fría. Lo que hace este acto aún más insidioso fue el hecho de que el gobernador del estado, Thomas Ford, hubiese dado un juramento personal de que José e Hyrum serían protegidos. Los anti-mormones en el Condado de Hancock estaban sorprendidos por la reacción nacional que declaraba que su acción fría, desalmada y calculada había sido un acto sin ley.
Los sucesos del 27 de junio continúan ensombreciendo la memoria institucional de la Iglesia y la vida personal de la familia Smith. Ha sido un día recordado, contemplado y discutido por estudiosos, historiadores y miembros de la iglesia tratando de entender lo ocurrido y en especial su causa.
Reflexionando en cuanto a los acontecimientos del martirio desde la perspectiva del siglo XXI, no debemos sorprendernos que José e Hyrum fueran martirizados. El ministerio de José fue señalado con momentos de desprecio y ridiculez (1820), abuso y oposición (1827–30), persecución y prosecuciones (1830–44), incluyendo encarcelamiento (1838–39). En Illinois, el profeta y el patriarca se enfrentaron a la más seria amenaza: una combinación de forasteros violentos y ex-miembros quienes estaban preocupados por el crecimiento del número de los Santos y el poder de la influencia de José e Hyrum entre ellos.
Cuando prominentes disidentes publicaron un ataque despiadado contra la Iglesia y sus líderes por medio del Nauvoo Expositor, José Smith, siendo el alcalde, le pidió al cuerpo legislativo municipal que declarase el artículo como perjuicio contra la propiedad pública. Al igual que José muchos temían que el artículo enfureciese más la población anti-mormona en el oeste de Illinois para posiblemente empezar una Guerra civil en la cual los Santos de los Últimos Días sufrirían.
Finalmente, José e Hyrum Smith, junto con otros miembros del consejo municipal, fueron culpados de motines por esta acción—un cargo que sus enemigos pensaban que se justificaba bajo una interpretación amplia del estatuto de Nauvoo. Se les ordenó que compareciesen ante el oficial del condado en Carthage, uno de los centros de las actividades anti-mormonas. José creía que sus enemigos querían tenerlo en Carthage, lejos de Nauvoo, para asesinarlo, y por eso no sabía si debía entregarse por causa de la situación volátil en el Condado Hancock. Sin embargo, José e Hyrum finalmente decidieron ir a Carthage después de que el Gobernador Ford les aseguró que iban a recibir una corte marcial justa además de prometer su seguridad mientras estuviesen en Carthage.
Toda la gente pensaba que José e Hyrum al igual que los otros miembros del ayuntamiento serían liberados. El grupo que se encontraba ahí fue liberado después de pagar una fianza de $ 5.000 dólares.
Sin embargo, los enemigos de José e Hyrum planearon mantenerlos allí para que no regresasen a Nauvoo. Antes de que el Profeta y el Patriarca salieran de Carthage, ellos fueron acusados de un crimen más serio: la traición —un crimen capital sin la opción de pagar una fianza. Como resultado de esta maniobra legal, José e Hyrum estuvieron detenidos en Carthage, dándoles a sus enemigos la oportunidad de asesinarlos. Willard Richards y John Taylor, dos de los Doce Apóstoles decidieron quedarse con José e Hyrum, aunque a ellos no se les culpó de traición.
Durante su encarcelamiento, a ellos los llevaron a la pieza del carcelero en el segundo piso para que estuviesen más cómodos; ellos se encontraban en esta habitación del segundo piso cuando un grupo de hombres atacaron la cárcel.
La alcoba del carcelero en el Segundo piso de la prisión de Carthage, fotografía de Val Brinkerhoff, 2004
Después de las cinco un gran grupo de hombres con sus rostros pintados para ocultar sus identidades entraron en la prisión. No hubo ninguna resistencia por parte de los guardias. Un grupo de hombres entró por la puerta principal hacia el sur del edificio de piedra arenisca y empezaron a subir rápidamente las escaleras hacia donde se encontraban detenidos José, Hyrum, Willard y John.
La entrada principal de la cárcel de Carthage, fotografía de Val Brinkerhoff, 2004
José, Hyrum, Willard y John se apresuraron hacia la puerta, cerrándola con fuerza al tratar de prevenir la entrada del cuerpo armado. El descansillo pronto se llenó de hombres armados, algunos con bayonetas fijas.
Vista de la puerta de la alcoba del carcelero (izquierda), el descansillo del segundo piso, y las escaleras que conducen hacia la puerta de en frente, fotografía de Val Brinkerhoff, 2004
El hueco de la bala en la puerta de la alcoba de la cárcel, fotografía de Val Brinkerhoff, 2004
Al tiempo del ataque, los prisioneros tenían solamente un par de bastones y pistolas para protegerse. Le dispararon primero a Hyrum. José disparó a la multitud por la puerta abierta deseando mantenerlos a distancia. Sin embargo, solamente hubo una pausa momentánea durante el ataque antes que aumentase el fuego asesino.
Cuando la chusma entró en la Cárcel de Carthage a la fuerza, José tenía una pistola pequeña e Hyrum tenía una pistola de un solo cañón, fotografía de Val Brinkerhoff, 2004
El reloj de bolsillo de John Taylor, dañado durante el ataque en la cárcel en 1844, fotografía de Val Brinkerhoff, 2004
Durante el tumulto, John Taylor intentó escaparse por una de las ventanas de la alcoba. Fue herido, cayéndose dentro de la alcoba.
Vista de la ventana del Segundo piso de donde José Smith cayó, fotografía de Val Brinkerhoff, 2004
Vista de la cárcel de Carthage con el pozo reconstruido debajo de la ventana del segundo piso donde José e Hyrum fueron detenidos, fotografía de Val Brinkerhoff, 2004
José salió para la misma ventana—en lo que probablemente fue un esfuerzo para distraer el fuego fuera de sus amigos—y fue herido. Cuando caía por la ventana, exclamó: “O Señor mi Dios!”
Tan pronto como el Profeta cayó al suelo el grupo que se encontraba adentro bajó rápidamente las escaleras y se dirigieron hacia donde yacía José. Él estaba muerto y el hecho se había realizado. Alguien entonces gritó: “Los mormones vienen” lo cual causó que el grupo se dispersara rápidamente.
Un aire silencioso remplazó el ruido, los disparos y los gritos. Finalmente, los cuerpos de José e Hyrum fueron llevados a la Hamilton House, un hotel donde José e Hyrum habían conocido al Gobernador Ford durante noches anteriores. Los cuerpos del Profeta y del Patriarca fueron limpiados y colocados dentro de ataúdes rústicos de pino. Al día siguiente, en el 28 de junio, Artois Hamilton, el dueño de Hamilton House, y Samuel H. Smith, el hermano más joven de José e Hyrum, trajeron los cuerpos de regreso a Nauvoo en dos vagones.
Los Santos se reunieron a lo largo del camino para dar sus respetos a sus líderes caídos a medida que los vagones se dirigían de regreso a la ciudad en donde la gente los amaba tanto. Los vagones pararon afuera de la Mansion House, la casa de José. Los preparativos finales fueron hechos para un velatorio, el cual se llevo acabo el 29 de junio. De diez mil a veinte mil personas aproximadamente caminaron por la Mansion House para ver a José y a Hyrum antes de su sepultura.
Máscaras de muerte de José Smith e Hyrum Smith, impresiones plásticas preparadas por George Cannon, fotografía de Val Brinkerhoff, 2004
Heber, John, Willard y Jennetta Richards, marzo 26 de 1845, copia de daguerrotipo, original de Lucian Foster, archivos eclesiásticos.
Willard Richards (1804–54) experimentó directamente los sucesos ocurridos el 27 de junio, acerca de los cuales escribió más tarde. Él fue bautizado en 1836, y poco después fue llamado a servir una misión en las Islas Británicas (1837–41). Durante esta importante misión, Willard conoció y se casó con Jeannetta Richards en 1838. En los Estados Unidos, José Smith recibió la revelación de llamar a Willard al Quórum de los Doce (ver Doctrina y Covenios 118:6). Cuando Brigham Young llegó a Inglaterra, Willard fue ordenado apóstol el 14 de enero de 1840. Después de casi cuatro años de servicio en la misión, Willard y su familia viajaron a América, a donde llegaron en mayo de 1841. Luego Willard se estableció con los Santos en Nauvoo, Illinois, el nuevo lugar donde los Santos se reunían. Sus responsabilidades y asociaciones con el profeta aumentaron, incluyendo el ser llamado como el secretario privado de José y el clérigo general de la Iglesia. Cuando José e Hyrum fueron encarcelados en la cárcel de Carthage a finales de Junio de 1844, Willard se ofreció como voluntario para permanecer con ellos. Por lo tanto él presenció los eventos tristes del jueves en la tarde en la cárcel de la frontera oeste de Illinois. Willard preparó una breve descripción de aquellos sucesos en un artículo publicado el 24 de julio de 1844, en el Nauvoo Neighbor. (El mismo artículo fue publicado más tarde en Times and Seasons, el primero de agosto de 1845, 598–99.)
The Nauvoo Neighbor, July 24, 1844
Date: 24 July 1844 (Wednesday)
Location: Nauvoo, Hancock County, Illinois, USA
Source: Willard Richards, “Two Minutes in Jail,” The Nauvoo Neighbor, July 24, 1844
Two Minutes in Jail
Possibly the following events, occupied near three minutes, but I think only about two, and have penned them for the gratification of many friends.
Carthage, June 27th 1844.
A shower of musket balls were thrown up the stairway against the door of the prison in the second story, followed by many rapid footsteps. While Generals Joseph and Hyrum Smith, Mr. Taylor, and myself, who were in the front chamber, closed the door of our room, against the entry at the head of the stairs, and placed ourselves against it, there being no lock on the door and no ketch that was useable. The door is a common panel, and as soon as we heard the feet at the stairs head, a ball want sent through the door, which passed between us, and showed that our enemies were desperadoes, and we much change our position. Gen. Joseph Smith, Mr. Taylor, and myself sprang back to the front part of the room, and Gen. Hyrum Smith retreated two thirds across the chamber directly in front of and facing the door. A ball was sent through the door which hit Hyrum on the side of his nose when he fell backwards extended at length without moving his feet. From the holes in his vest, (the day was warm and no one had their coats on but myself,) pantaloons, drawers and shirt, it appears evident that a ball must have been thrown from without, through the window, which entered his back on the right side and passing through lodged against his watch which was in his right vest pocket completely pulverizing the crystal and face, tearing off the hands and mashing the whole body of the watch, at the same instant the ball from the door entered his nose. As he struck the floor he exclaimed emphatically; “I’m a dead man.” Joseph looked towards him, and responded, “O dear! Brother Hyrum;” and opening the door two or three inches with his left hand, discharged one barrel of a six shooter (Pistol) at random in the entry from whence a ball grazed Hyrum’s breast, and entering his throat, passed into his head, while other muskets were aimed a him, and some balls hit him. Joseph continued snapping his revolver, round the casing of the door into the space as before, three barrels of which missed fire, while Mr. Taylor with a walking stick stood by his side and knocked down the bayonets and muskets, which were constantly discharging through the door way, while I stood by him, ready to lend assistance, with another stick, but could not come within striking distance, without going directly before the muzzle of the guns. When the revolver failed, we had no more fire arms, and expecting an immediate rush of the mob, and the door way full of muskets—halfway in the room, and no hope but instant death from within: Mr. Taylor rushed into the window, which is some fifteen or twenty feet from the ground. When his body was nearly on a balance, a ball from the door within entered his leg, and a ball from without struck his watch, a patent lever, in his vest pocket, near the left breast, and smashed it in “pie,” leaving the hands standing 5 o’clock, 16 minutes, and 26 seconds, —the force of which ball threw him back on the floor, and he rolled under the bed which stood by his side, where he lay motionless, the mob from the door continuing to fire upon him, cutting away a piece of flesh from his left hip as large as a man’s hand, and were hindered only by my knocking down their muzzles with a stick; while they continued to reach their guns into the room, probably left handed, and aimed their discharge so far around as almost to reach us in the corner of the room to where we retreated and dodged, and then I re-commenced the attack with my stick again, Joseph attempted as the last resort, to leap the same window from whence Mr. Taylor fell, when two balls pierced him from the door, and one entered his right breast from without, and he fell outward exclaiming, “O Lord my God!” As his feet went out the window my head went in, the balls whistling all around. He fell on his left side a dead man. At this instant the cry was raised, “He’s leaped the window,” and the mob on the stairs and in the entry ran out. I withdrew from the window, thinking it of no use to leap out on a hundred bayonets, then around Gen. Smith’s body. Not satisfied with this I again reached my head out of the window and watched some seconds, to see if there were any signs of life, regardless of my own, determined to see the end of him I loved; being fully satisfied, that he was dead, with a hundred men near the body and more coming round the corner of the jail, and expecting a return to our room I rushed towards the prison door, at the head of the stairs, and through the entry from whence the firing had proceeded, o learn if the doors into the prison were open. When near the entry, Mr. Taylor called out “take me;” I pressed my way till I found all doors unbarred, returning instantly caught Mr. Taylor under my arm, and rushed by the stairs into the dungeon, or inner prison, stretched him on the floor and covered him with a bed in such a manner as not likely to be perceive, expecting an immediate return of the mob. I said to Mr. Taylor this is a hard case to lay you on the floor, but if your wounds are not fatal I want you to live to tell the story. I expected to be shot the next moment, and stood before the door awaiting the onset.